Una universitaria cursaba el último año de sus estudios. Como suele ser frecuente en el medio universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre, un empresario exitoso. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentar a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto. En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó: -¿Cómo van tus estudios? -Van bien -respondió la hija, muy orgullosa y contenta-. Tengo promedio de 9, hasta ahora. Me cuesta bastante trabajo, prácticamente no salgo, no tengo novio y duermo cinco horas al día, pero, por eso ando bastante bien, y voy a graduarme en tiempo. Entonces el padre le pregunta: -Y a tu amiga Melisa, ¿Cómo le va? La hija respondió muy segura: -Bastante mal, Meli no se exime porque no alcanza el 6, apenas tiene 4 de promedio. Pero ella se va a bailar cada semana, pasea, fiesta que hay está presente, estudia lo mínimo, y falta bastante... no creo que se reciba este año. El padre, mirándola a los ojos, le respondió: - Entonces habla con tus profesores y pídeles que le transfieran 2.5 de los 9 tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6.5 y se graduarían juntas. Indignada, ella le respondió:¡¿Estás borracho?!¡Me rompo la madre para tener 9 de promedio! ¡Te parece justo que todo mi esfuerzo se lo pasen a una vaga, que no se esfuerza por estudiar! Aunque la persona con quien tengo que compartir mi sacrificio sea mi mejor amiga... ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!! Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:
Lecturas
lunes, 8 de julio de 2013
¿Mi hija la de izquierda?
Este texto me lo enviaron por correo electrónico y pensé que es interesante conservarlo por eso lo coloco acá.
Una universitaria cursaba el último año de sus estudios. Como suele ser frecuente en el medio universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre, un empresario exitoso. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentar a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto. En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó: -¿Cómo van tus estudios? -Van bien -respondió la hija, muy orgullosa y contenta-. Tengo promedio de 9, hasta ahora. Me cuesta bastante trabajo, prácticamente no salgo, no tengo novio y duermo cinco horas al día, pero, por eso ando bastante bien, y voy a graduarme en tiempo. Entonces el padre le pregunta: -Y a tu amiga Melisa, ¿Cómo le va? La hija respondió muy segura: -Bastante mal, Meli no se exime porque no alcanza el 6, apenas tiene 4 de promedio. Pero ella se va a bailar cada semana, pasea, fiesta que hay está presente, estudia lo mínimo, y falta bastante... no creo que se reciba este año. El padre, mirándola a los ojos, le respondió: - Entonces habla con tus profesores y pídeles que le transfieran 2.5 de los 9 tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6.5 y se graduarían juntas. Indignada, ella le respondió:¡¿Estás borracho?!¡Me rompo la madre para tener 9 de promedio! ¡Te parece justo que todo mi esfuerzo se lo pasen a una vaga, que no se esfuerza por estudiar! Aunque la persona con quien tengo que compartir mi sacrificio sea mi mejor amiga... ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!! Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:
¡Bienvenida a la derecha!
Moraleja: Todos somos rápidos para repartir lo que es ajeno. Este mensaje es muy cortito, tremendamente claro y se aplica 100% a nuestra realidad social Colombiana.
El pensamiento es de A. Rogers (1931) quien sostiene que todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo... El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso... mi querido amigo... ...es el fin de cualquier Nación. No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola.
No me PREOCUPA el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética... Lo que más me preocupa es el SILENCIO DE LOS BUENOS!
Cordial Saludo
Una universitaria cursaba el último año de sus estudios. Como suele ser frecuente en el medio universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre, un empresario exitoso. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentar a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto. En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó: -¿Cómo van tus estudios? -Van bien -respondió la hija, muy orgullosa y contenta-. Tengo promedio de 9, hasta ahora. Me cuesta bastante trabajo, prácticamente no salgo, no tengo novio y duermo cinco horas al día, pero, por eso ando bastante bien, y voy a graduarme en tiempo. Entonces el padre le pregunta: -Y a tu amiga Melisa, ¿Cómo le va? La hija respondió muy segura: -Bastante mal, Meli no se exime porque no alcanza el 6, apenas tiene 4 de promedio. Pero ella se va a bailar cada semana, pasea, fiesta que hay está presente, estudia lo mínimo, y falta bastante... no creo que se reciba este año. El padre, mirándola a los ojos, le respondió: - Entonces habla con tus profesores y pídeles que le transfieran 2.5 de los 9 tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6.5 y se graduarían juntas. Indignada, ella le respondió:¡¿Estás borracho?!¡Me rompo la madre para tener 9 de promedio! ¡Te parece justo que todo mi esfuerzo se lo pasen a una vaga, que no se esfuerza por estudiar! Aunque la persona con quien tengo que compartir mi sacrificio sea mi mejor amiga... ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!! Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:
jueves, 14 de febrero de 2013
EL CRUCE DEL RÍO
EL CRUCE DEL RÍO
—¡Tengo una bronca!...
—¿Qué te pasa?
—Y,... que de aquí, tengo que ir a la casa de un compañero a llevarle
unos apuntes que necesita... y vive en Merlo.
—Mira, Demi...
—Sí, ya sé –lo interrumpí— me vas a decir que yo no “tengo que” nada,
que lo hago porque yo quiero, que yo lo elijo y todo eso... ya lo sé.
—Seguro, tú lo eliges.
—Sí, lo elijo. Pero siento que es mi obligación.
—Muy bien. Yo no cuestiono que tú te sientas obligado, ni cuestiono
por qué te sientes obligado. Lo que cuestiono, en todo caso, es que tú
ni sepas por qué te sientes obligado.
—Yo sé por qué me siento obligado: Juan es un tipo fenómeno y cada vez
que yo necesité algo, él estuvo ahí para ayudarme. A mí me parece que
no me puedo negar.
—Mira, poder puedes. En todo caso, lo que sucede es que...
—... es que me preocupa qué pensaría Juan de mí...
—No, peor. Te preocupa qué pensarías tú de ti.
—¿Yo?... Me sentiría una basura.
—Independientemente de lo que fueras o no (si no le llevaras los
apuntes), ¿no te estás sintiendo ya una basura por el sólo hecho de
tener bronca de ir?
—Sí, supongo que sí.
—Aquí está el problema de los sentimientos de culpa, ¿ves? La
humanidad sufre y se caga la vida porque doce horas por día se siente
culpable de ser como es. —...Y las otras 12 horas le caga la vida a
otro diciéndole qué hay que hacer.
—¡Ah! Ahora sí que ya no sé nada.
—Quizás sea lo mejor. Quizás sin saber nada, haya más para aprender.
Estos momentos en que Jorge se ponía a mitad de camino entre
filosófico e irónico, y yo no sabía si me lo decía a mí o estaba
meditando en mi presencia sobre el futuro de la humanidad, estos
momentos, eran los más duros de soportar.
Lo hiciera por lo que lo hiciera: por él, por mí o por la ciencia, lo
cierto es que aun sabiendo que más tarde todo esto me serviría, yo
sentía que me quería ir. No quería más: ni terapia, ni crecimiento, ni
nada. Me quería ir...
Lo único que me retenía era el recuerdo de que alguna vez lo hice y al
final todo había resultado peor, me llevé la confusión conmigo y no
pude hacer nada más hasta no terminar con ella.
Este cuento no me lo contó ese día, pero en cada uno de esos momentos
venía a mi memoria, para recordarme la importancia de no dejar las
cosas por la mitad y de los peligros de ocupar espacios en la cabeza
con esas cosas no resueltas.
Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al
monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas
cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? –le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y
yo no puedo cruzar. Lo intenté –siguió la joven— pero la corriente me
arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que
no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis
vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven—. Pero la única manera de
ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad
nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso está prohibido...
lo siento.
—Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito de ropa y
montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de
besar las manos del anciano monje..—Está bien, está bien –dijo el
viejo retirando las manos— , sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió
por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio.
...Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro, tú sabes mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No
obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del
río.
—Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que
la cargas todavía sobre los hombros?
<
—No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
—Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento?
Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100
años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos
querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta
para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros
países.
El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del
salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados.
Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los
regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía
quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos
montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más
pequeña, de una decena de presentes.
El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y
fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía
subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le
devolvía el regalo, no importaba cuál fuera..Cuando terminó con esa
pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar,
porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.
—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el
del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor
no recibir nada.
Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir
obligaciones, entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más
quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de
pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido.
Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes.
Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus
ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor,
era un turro y entonces yo no quería hacerle favores.
No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera.
Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan.
—¡Tengo una bronca!...
—¿Qué te pasa?
—Y,... que de aquí, tengo que ir a la casa de un compañero a llevarle
unos apuntes que necesita... y vive en Merlo.
—Mira, Demi...
—Sí, ya sé –lo interrumpí— me vas a decir que yo no “tengo que” nada,
que lo hago porque yo quiero, que yo lo elijo y todo eso... ya lo sé.
—Seguro, tú lo eliges.
—Sí, lo elijo. Pero siento que es mi obligación.
—Muy bien. Yo no cuestiono que tú te sientas obligado, ni cuestiono
por qué te sientes obligado. Lo que cuestiono, en todo caso, es que tú
ni sepas por qué te sientes obligado.
—Yo sé por qué me siento obligado: Juan es un tipo fenómeno y cada vez
que yo necesité algo, él estuvo ahí para ayudarme. A mí me parece que
no me puedo negar.
—Mira, poder puedes. En todo caso, lo que sucede es que...
—... es que me preocupa qué pensaría Juan de mí...
—No, peor. Te preocupa qué pensarías tú de ti.
—¿Yo?... Me sentiría una basura.
—Independientemente de lo que fueras o no (si no le llevaras los
apuntes), ¿no te estás sintiendo ya una basura por el sólo hecho de
tener bronca de ir?
—Sí, supongo que sí.
—Aquí está el problema de los sentimientos de culpa, ¿ves? La
humanidad sufre y se caga la vida porque doce horas por día se siente
culpable de ser como es. —...Y las otras 12 horas le caga la vida a
otro diciéndole qué hay que hacer.
—¡Ah! Ahora sí que ya no sé nada.
—Quizás sea lo mejor. Quizás sin saber nada, haya más para aprender.
Estos momentos en que Jorge se ponía a mitad de camino entre
filosófico e irónico, y yo no sabía si me lo decía a mí o estaba
meditando en mi presencia sobre el futuro de la humanidad, estos
momentos, eran los más duros de soportar.
Lo hiciera por lo que lo hiciera: por él, por mí o por la ciencia, lo
cierto es que aun sabiendo que más tarde todo esto me serviría, yo
sentía que me quería ir. No quería más: ni terapia, ni crecimiento, ni
nada. Me quería ir...
Lo único que me retenía era el recuerdo de que alguna vez lo hice y al
final todo había resultado peor, me llevé la confusión conmigo y no
pude hacer nada más hasta no terminar con ella.
Este cuento no me lo contó ese día, pero en cada uno de esos momentos
venía a mi memoria, para recordarme la importancia de no dejar las
cosas por la mitad y de los peligros de ocupar espacios en la cabeza
con esas cosas no resueltas.
Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al
monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas
cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? –le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y
yo no puedo cruzar. Lo intenté –siguió la joven— pero la corriente me
arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que
no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis
vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven—. Pero la única manera de
ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad
nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso está prohibido...
lo siento.
—Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito de ropa y
montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de
besar las manos del anciano monje..—Está bien, está bien –dijo el
viejo retirando las manos— , sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió
por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio.
...Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro, tú sabes mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No
obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del
río.
—Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que
la cargas todavía sobre los hombros?
<
—No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
—Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento?
Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100
años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos
querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta
para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros
países.
El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del
salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados.
Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los
regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía
quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos
montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más
pequeña, de una decena de presentes.
El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y
fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía
subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le
devolvía el regalo, no importaba cuál fuera..Cuando terminó con esa
pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar,
porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.
—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el
del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor
no recibir nada.
Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir
obligaciones, entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más
quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de
pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido.
Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes.
Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus
ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor,
era un turro y entonces yo no quería hacerle favores.
No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera.
Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Borrar recursivamente en linux
Cada vez que requiero realizar esta tarea debo recurrir a buscar en la red, por eso mejor he decidido que es importante tenerla en un sitio de facil ubicación.
rm -rf `find . -type d -name .svn`
martes, 18 de septiembre de 2012
El circulo del 99
Hace poco alguien muy especial compartio conmigo un excelente cuento, cuyo autor según me dicen es Jorge Bucay, un cuento para leer y leer y creo que no cansa el leerlo, hasta donde estamos inconformes con lo que tenemos?
Aqui quiero compartirlo con los que llegue hasta este blog.
EL CÍRCULO DEL NOVENTA Y NUEVE
—¿Por qué, gordo, por qué nunca se puede estar tranquilo?
—¿?
—Claro, a veces me pongo a pensar. La relación con Gabriela anda
bárbara, mucho mejor que en otros tiempos, pero no llega a ser lo que
a mí me gustaría. No sé, falta pasión, fuego o diversión, no sé. En la
facu, pasa algo parecido, voy a las clases, aprendo, rindo los
exámenes y los apruebo. Pero no es completo, me falta el gustito, el
placer cotidiano de sentir que estoy estudiando lo que quiero. Y lo
mismo es con el laburo.
Estoy bien y me pagan buena guita, pero no la que a mí me gustaría ganar.
—¿Y es todo así?
—Me parece que sí. Nunca puedo descansar y decir: bueno ahora sí, está
todo bien. Es así con mi hermano, con mis amigos, con la guita, con mi
estado físico, con todas las cosas que me interesan.
—Hace unas semanas, cuando estabas angustiado por la situación en tu
casa, ¿no te pasaba esto?
—Supongo que sí, pero había otras preocupaciones más grandes que
tapaban estas otras cosas. Esto de hoy, de alguna manera es “un lujo”,
es lo que le daría completud a todo lo demás.
—¿Esto es: tu preocupación empieza cuando los grandes problemas desaparecen?
—Claro.
—Esto es, este problema empieza cuando no tienes problemas.
—¿Cómo?
—Claro, cuando todo mejora.
—¡Y... sí!
— Dime, Demián, ¿cómo te suena esto de admitir que tienes un problema
que empieza “cuando todo mejora”?
—Me siento un estúpido..—Lo que es, es –me dijo el gordo—. Hace mucho
que no te cuento un cuento de un rey.
—Verdad.
—Había una vez un rey, digamos “clásico”.
—¿Qué es un rey “clásico”?
—Un rey “clásico” en un cuento, es un rey muy poderoso, que tiene una
gran fortuna, un hermoso palacio, grandes manjares a su disposición,
hermosas esposas, y acceso a todo lo que se le ocurra. Y a pesar de
todo eso, no es feliz.
—Ah...
—Y cuanto más clásico el cuento, más infeliz el rey.
—Y este rey ¿cuán “clásico” era?
—Muy clásico.
—¡Pobre!
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo
sirviente de rey triste, era muy feliz.
Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey
contando y tarareando alegres canciones de
juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su
actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
Un día, el rey lo mandó a llamar.
—Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto?
—¿Qué secreto, Majestad?
—¿Cuál es el secreto de tu alegría?
—No hay ningún secreto, Alteza.
—No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores
que una mentira.
—No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
—¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
—Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra
permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la
casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y
además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para
darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?.—Si no me dices ya mismo
el secreto, te haré decapitar – dijo el rey—. Nadie puede ser feliz
por esas razones que has
dado.
—Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo,
pero no hay nada que yo esté ocultando...
—Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba
feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las
sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su
conversación de la mañana.
—¿Por qué él es feliz?
—Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
—¿Fuera del círculo?
—Así es.
—¿Y eso es lo que lo hace feliz?
—No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
—A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
—Así es.
—Y él no está.
—Así es.
—¿Y cómo salió?
—¡Nunca entró!
¿Qué círculo es ese?
—El círculo del 99.
—Verdaderamente, no te entiendo nada.
—La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
—¿Cómo?
—Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
—Eso, obliguémoslo a entrar.
—No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
—Entonces habrá que engañarlo.
—No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad,
él entrará solito, solito..—¿Pero él no se dará cuenta de que eso es
su infelicidad?
—Sí, se dará cuenta.
—Entonces no entrará.
—No lo podrá evitar.
—¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar
en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá
salir?
—Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente
para poder entender la estructura del
círculo?
—Sí.
—Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa
de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
—¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?
—Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
—Hasta la noche.
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey.
Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron
junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba.
Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio
agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:
ESTE TESORO ES TUYO.
ES EL PREMIO
POR SER UN BUEN HOMBRE.
DISFRÚTALO Y NO CUENTES
A NADIE
CÓMO LO ENCONTRASTE.
Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y
volvió a esconderse.
Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas
matas lo que sucedía.
El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar
el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho,
miró hacia todos lados y entró en su casa..Desde afuera escucharon la
tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena.
El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado
sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la
mesa.
Sus ojos no podían creer lo que veían.
¡Era una montaña de monedas de oro!
Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña
de ellas para él.
El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz
de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de
monedas.
Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas:
Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco,
seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que formó la
última pila: 9 monedas!
Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el
piso y finalmente la bolsa.
“No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y
confirmó que era más baja.
—Me robaron –gritó— me robaron, malditos!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas,
vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que
buscaba.
Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le
recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99”.
“99 monedas. Es mucho dinero”, pensó.
Pero me falta una moneda.
Noventa y nueve no es un número completo –pensaba—. Cien es un número
completo pero noventa y nueve, no.
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era
la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se
habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible
rictus, por el que asomaban sus dientes..El sirviente guardó las
monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de
la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y
pluma y se sentó a hacer cálculos.
¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda
número cien?
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta.
Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla.
Después quizás no necesitara trabajar más.
Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar.
Con cien monedas un hombre es rico.
Con cien monedas se puede vivir tranquilo.
Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero
extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.
“Doce años es mucho tiempo”, pensó.
Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo
por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en
palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y
recibir alguna paga extra por ello.
Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa,
en siete años reuniría el dinero.
¡Era demasiado tiempo!
Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las
noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran,
más comida habría para vender...
Vender...
Vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno?
¿Para qué más de un par de zapatos?
Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio, volvieron al palacio.
El paje había entrado en el círculo del 99...
...Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal
como se le ocurrieron aquella noche.
Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas,
refunfuñando y de pocas pulgas..—¿Qué te pasa? –preguntó el rey de
buen modo.
—Nada me pasa, nada me pasa.
—Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
—Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su
juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.
No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.
—Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y el sirviente.
Tú y yo y todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida
ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo
completos se puede gozar de lo que se tiene.
Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar
lo que falta...
Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se
puede gozar de la vida...
Pero que pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos
diéramos cuenta, así, de golpe que nuestras 99 monedas son el cien por
cien del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo
nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve que
esta es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para
que seamos estúpidos, para que jalemos del carro, cansados,
malhumorados, infelices o resignados.
Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual...
...eternamente igual!....Cuántas cosas cambiarían si pudiésemos
disfrutar de nuestros tesoros tal como están.
—Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir abandonar
los objetivos. No quiere decir conformarse con cualquier cosa.
Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra.
Pero eso es parte de otro cuento.
Aqui quiero compartirlo con los que llegue hasta este blog.
EL CÍRCULO DEL NOVENTA Y NUEVE
—¿Por qué, gordo, por qué nunca se puede estar tranquilo?
—¿?
—Claro, a veces me pongo a pensar. La relación con Gabriela anda
bárbara, mucho mejor que en otros tiempos, pero no llega a ser lo que
a mí me gustaría. No sé, falta pasión, fuego o diversión, no sé. En la
facu, pasa algo parecido, voy a las clases, aprendo, rindo los
exámenes y los apruebo. Pero no es completo, me falta el gustito, el
placer cotidiano de sentir que estoy estudiando lo que quiero. Y lo
mismo es con el laburo.
Estoy bien y me pagan buena guita, pero no la que a mí me gustaría ganar.
—¿Y es todo así?
—Me parece que sí. Nunca puedo descansar y decir: bueno ahora sí, está
todo bien. Es así con mi hermano, con mis amigos, con la guita, con mi
estado físico, con todas las cosas que me interesan.
—Hace unas semanas, cuando estabas angustiado por la situación en tu
casa, ¿no te pasaba esto?
—Supongo que sí, pero había otras preocupaciones más grandes que
tapaban estas otras cosas. Esto de hoy, de alguna manera es “un lujo”,
es lo que le daría completud a todo lo demás.
—¿Esto es: tu preocupación empieza cuando los grandes problemas desaparecen?
—Claro.
—Esto es, este problema empieza cuando no tienes problemas.
—¿Cómo?
—Claro, cuando todo mejora.
—¡Y... sí!
— Dime, Demián, ¿cómo te suena esto de admitir que tienes un problema
que empieza “cuando todo mejora”?
—Me siento un estúpido..—Lo que es, es –me dijo el gordo—. Hace mucho
que no te cuento un cuento de un rey.
—Verdad.
—Había una vez un rey, digamos “clásico”.
—¿Qué es un rey “clásico”?
—Un rey “clásico” en un cuento, es un rey muy poderoso, que tiene una
gran fortuna, un hermoso palacio, grandes manjares a su disposición,
hermosas esposas, y acceso a todo lo que se le ocurra. Y a pesar de
todo eso, no es feliz.
—Ah...
—Y cuanto más clásico el cuento, más infeliz el rey.
—Y este rey ¿cuán “clásico” era?
—Muy clásico.
—¡Pobre!
Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo
sirviente de rey triste, era muy feliz.
Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey
contando y tarareando alegres canciones de
juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su
actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
Un día, el rey lo mandó a llamar.
—Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto?
—¿Qué secreto, Majestad?
—¿Cuál es el secreto de tu alegría?
—No hay ningún secreto, Alteza.
—No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores
que una mentira.
—No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
—¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
—Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra
permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la
casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y
además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para
darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?.—Si no me dices ya mismo
el secreto, te haré decapitar – dijo el rey—. Nadie puede ser feliz
por esas razones que has
dado.
—Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo,
pero no hay nada que yo esté ocultando...
—Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba
feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las
sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su
conversación de la mañana.
—¿Por qué él es feliz?
—Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
—¿Fuera del círculo?
—Así es.
—¿Y eso es lo que lo hace feliz?
—No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
—A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
—Así es.
—Y él no está.
—Así es.
—¿Y cómo salió?
—¡Nunca entró!
¿Qué círculo es ese?
—El círculo del 99.
—Verdaderamente, no te entiendo nada.
—La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
—¿Cómo?
—Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
—Eso, obliguémoslo a entrar.
—No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
—Entonces habrá que engañarlo.
—No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad,
él entrará solito, solito..—¿Pero él no se dará cuenta de que eso es
su infelicidad?
—Sí, se dará cuenta.
—Entonces no entrará.
—No lo podrá evitar.
—¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar
en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá
salir?
—Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente
para poder entender la estructura del
círculo?
—Sí.
—Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa
de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
—¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?
—Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
—Hasta la noche.
Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey.
Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron
junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba.
Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio
agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:
ESTE TESORO ES TUYO.
ES EL PREMIO
POR SER UN BUEN HOMBRE.
DISFRÚTALO Y NO CUENTES
A NADIE
CÓMO LO ENCONTRASTE.
Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y
volvió a esconderse.
Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas
matas lo que sucedía.
El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar
el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho,
miró hacia todos lados y entró en su casa..Desde afuera escucharon la
tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena.
El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado
sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la
mesa.
Sus ojos no podían creer lo que veían.
¡Era una montaña de monedas de oro!
Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña
de ellas para él.
El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz
de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de
monedas.
Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas:
Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco,
seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que formó la
última pila: 9 monedas!
Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el
piso y finalmente la bolsa.
“No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y
confirmó que era más baja.
—Me robaron –gritó— me robaron, malditos!
Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas,
vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que
buscaba.
Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le
recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99”.
“99 monedas. Es mucho dinero”, pensó.
Pero me falta una moneda.
Noventa y nueve no es un número completo –pensaba—. Cien es un número
completo pero noventa y nueve, no.
El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era
la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se
habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible
rictus, por el que asomaban sus dientes..El sirviente guardó las
monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de
la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y
pluma y se sentó a hacer cálculos.
¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda
número cien?
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta.
Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla.
Después quizás no necesitara trabajar más.
Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar.
Con cien monedas un hombre es rico.
Con cien monedas se puede vivir tranquilo.
Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero
extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.
“Doce años es mucho tiempo”, pensó.
Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo
por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en
palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y
recibir alguna paga extra por ello.
Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa,
en siete años reuniría el dinero.
¡Era demasiado tiempo!
Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las
noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran,
más comida habría para vender...
Vender...
Vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno?
¿Para qué más de un par de zapatos?
Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio, volvieron al palacio.
El paje había entrado en el círculo del 99...
...Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal
como se le ocurrieron aquella noche.
Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas,
refunfuñando y de pocas pulgas..—¿Qué te pasa? –preguntó el rey de
buen modo.
—Nada me pasa, nada me pasa.
—Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
—Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su
juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.
No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.
—Y hoy cuando hablamos, me acordaba de ese cuento del rey y el sirviente.
Tú y yo y todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida
ideología: Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo
completos se puede gozar de lo que se tiene.
Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar
lo que falta...
Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se
puede gozar de la vida...
Pero que pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos
diéramos cuenta, así, de golpe que nuestras 99 monedas son el cien por
cien del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo
nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve que
esta es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para
que seamos estúpidos, para que jalemos del carro, cansados,
malhumorados, infelices o resignados.
Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual...
...eternamente igual!....Cuántas cosas cambiarían si pudiésemos
disfrutar de nuestros tesoros tal como están.
—Pero ojo, Demián, reconocer en 99 un tesoro no quiere decir abandonar
los objetivos. No quiere decir conformarse con cualquier cosa.
Porque aceptar es una cosa y resignarse es otra.
Pero eso es parte de otro cuento.
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