EL CRUCE DEL RÍO
—¡Tengo una bronca!...
—¿Qué te pasa?
—Y,... que de aquí, tengo que ir a la casa de un compañero a llevarle
unos apuntes que necesita... y vive en Merlo.
—Mira, Demi...
—Sí, ya sé –lo interrumpí— me vas a decir que yo no “tengo que” nada,
que lo hago porque yo quiero, que yo lo elijo y todo eso... ya lo sé.
—Seguro, tú lo eliges.
—Sí, lo elijo. Pero siento que es mi obligación.
—Muy bien. Yo no cuestiono que tú te sientas obligado, ni cuestiono
por qué te sientes obligado. Lo que cuestiono, en todo caso, es que tú
ni sepas por qué te sientes obligado.
—Yo sé por qué me siento obligado: Juan es un tipo fenómeno y cada vez
que yo necesité algo, él estuvo ahí para ayudarme. A mí me parece que
no me puedo negar.
—Mira, poder puedes. En todo caso, lo que sucede es que...
—... es que me preocupa qué pensaría Juan de mí...
—No, peor. Te preocupa qué pensarías tú de ti.
—¿Yo?... Me sentiría una basura.
—Independientemente de lo que fueras o no (si no le llevaras los
apuntes), ¿no te estás sintiendo ya una basura por el sólo hecho de
tener bronca de ir?
—Sí, supongo que sí.
—Aquí está el problema de los sentimientos de culpa, ¿ves? La
humanidad sufre y se caga la vida porque doce horas por día se siente
culpable de ser como es. —...Y las otras 12 horas le caga la vida a
otro diciéndole qué hay que hacer.
—¡Ah! Ahora sí que ya no sé nada.
—Quizás sea lo mejor. Quizás sin saber nada, haya más para aprender.
Estos momentos en que Jorge se ponía a mitad de camino entre
filosófico e irónico, y yo no sabía si me lo decía a mí o estaba
meditando en mi presencia sobre el futuro de la humanidad, estos
momentos, eran los más duros de soportar.
Lo hiciera por lo que lo hiciera: por él, por mí o por la ciencia, lo
cierto es que aun sabiendo que más tarde todo esto me serviría, yo
sentía que me quería ir. No quería más: ni terapia, ni crecimiento, ni
nada. Me quería ir...
Lo único que me retenía era el recuerdo de que alguna vez lo hice y al
final todo había resultado peor, me llevé la confusión conmigo y no
pude hacer nada más hasta no terminar con ella.
Este cuento no me lo contó ese día, pero en cada uno de esos momentos
venía a mi memoria, para recordarme la importancia de no dejar las
cosas por la mitad y de los peligros de ocupar espacios en la cabeza
con esas cosas no resueltas.
Había una vez dos monjes Zen que caminaban por el bosque de regreso al
monasterio. Cuando llegaron al río, una mujer lloraba en cuclillas
cerca de la orilla. Era joven y atractiva.
—¿Qué te sucede? –le preguntó el más anciano.
—Mi madre se muere. Ella está sola en su casa, del otro lado del río y
yo no puedo cruzar. Lo intenté –siguió la joven— pero la corriente me
arrastra y no podré llegar nunca al otro lado sin ayuda... pensé que
no la volvería a ver con vida. Pero ahora... ahora que aparecisteis
vosotros, alguno de los dos podrá ayudarme a cruzar...
—Ojalá pudiéramos –se lamentó el más joven—. Pero la única manera de
ayudarte, sería cargarte a través del río y nuestros votos de castidad
nos impiden todo contacto con el sexo opuesto. Eso está prohibido...
lo siento.
—Yo también lo siento –dijo la mujer y siguió llorando.
El monje más viejo se arrodilló, bajó la cabeza y dijo:
—Sube.
La mujer no podía creerlo, pero con rapidez tomó su atadito de ropa y
montó a horcajadas sobre el monje.
Con bastante dificultad el monje cruzó el río, seguido por el otro más joven.
Al llegar al otro lado, la mujer descendió y se acercó en actitud de
besar las manos del anciano monje..—Está bien, está bien –dijo el
viejo retirando las manos— , sigue tu camino.
La mujer se inclinó en gratitud y humildad, tomó sus ropas y corrió
por el camino al pueblo.
Los monjes, sin decir palabra, retomaron su marcha al monasterio.
...Faltaban aún diez horas de caminata.
Poco antes de llegar, el joven le dijo al anciano:
—Maestro, tú sabes mejor que yo de nuestro voto de abstinencia. No
obstante, cargaste sobre tus hombros a aquella mujer todo el ancho del
río.
—Yo la llevé a través del río, es cierto, ¿pero qué pasa contigo que
la cargas todavía sobre los hombros?
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—No sé qué hinchas tanto, si yo ya dije que los iba a llevar.
—Hincho para que sepas cómo llegas a estas situaciones. ¿Te cuento un cuento?
Una vez un maharajá, que tenía fama de ser muy sabio, cumplía 100
años. El acontecimiento fue recibido con gran alegría, ya que todos
querían mucho al gobernante. En el palacio se organizó una gran fiesta
para esa noche y se invitaron a poderosos señores del reino y de otros
países.
El día llegó y una montaña de regalos se amontonó en la entrada del
salón, donde el maharajá iba a saludar a sus invitados.
Durante la cena, el maharajá pidió a sus sirvientes que separaran los
regalos en dos grupos: los que tenían remitente y los que no se sabía
quién los había enviado.
A los postres, el rey mandó traer todos los regalos en sus dos
montañas. Una de cientos de grandes y costosos regalos y otra más
pequeña, de una decena de presentes.
El maharajá comenzó a tomar regalo por regalo de la primera montaña y
fue llamando a los que habían enviado los regalos. A cada uno lo hacía
subir al trono y le decía:
—Te agradezco tu regalo, te lo devuelvo y estamos como antes –y le
devolvía el regalo, no importaba cuál fuera..Cuando terminó con esa
pila, se acercó a la otra montaña de regalos y dijo:
—Estos regalos no tienen remitente. A estos sí los voy a aceptar,
porque estos no me obligan y a mi edad, no es bueno contraer deudas.
—Cada vez que recibes algo, Demián, puede estar en tu ánimo o en el
del otro, transformar este dar en una deuda. Si fuera así, sería mejor
no recibir nada.
Pero si eres capaz de dar sin esperar pagos y de recibir sin sentir
obligaciones, entonces puedes dar o no, recibir o no, pero nunca más
quedarás endeudado. Y lo más importante, nunca más nadie dejará de
pagarte lo que te debe, porque nunca más nadie te deberá nada.
Cuando Jorge terminó de hablar, la bronca había desaparecido.
Me di cuenta de que no tenía obligación de llevarle los apuntes.
Me di cuenta de que lo que él me había ayudado, fue hecho con sus
ganas. Y aún más: si lo había hecho como una manera de dejarme deudor,
era un turro y entonces yo no quería hacerle favores.
No debía pues nada y podía hacer lo que quisiera.
Así que le di un beso a Jorge y me fui a llevarle los apuntes a Juan.
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